jueves, 11 de junio de 2015

Donatello en la jaula de la Detzel

        Sirva como preámbulo esta adaptación de la desafortunada frase del crítico de arte que dio origen a la bandera del fauvismo de Matisse y sus compinches, y con ella al bautismo de la primera de las llamadas vanguardias en las Artes Plásticas, para hacer una reflexión sobre las diferentes formas de dirigir la mirada hacia la escultura clásica y hacia el “pelele”, es decir, hacia el muñeco de trapo.

         Aclaremos antes quien fue Katharina Detzel y cuál fue su aportación, sin ninguna intención por su parte, a la modernidad artística. Estaba esta señora internada en un sanatorio siquiátrico a comienzos del siglo XX, para hacernos una idea de cómo eran esto sórdidos lugares en la época victoriana podemos, por ejemplo, recordar los impactantes fotogramas en blanco y negro de “El Hombre Elefante”, el conocido filme de David Lynch, y comprobarán más adelante que la referencia no ha venido en vano. Y para entretener su ocio, entre duchas frías y medicaciones insensatas, (el mismo Sigmund Freud recomendó durante mucho tiempo el uso de la cocaína a sus pacientes como remedio terapéutico), tuvo la ocurrencia de hacer un muñeco de trapo, debía de ser modista y añoraba la aguja y el dedal, a tamaño natural del siquiatra que la trataba. Fotografiada con su “monstruo” la imagen pintoresca pasó de las revistas especializadas a los panfletos de los surrealistas.

         Tras la obligaba referencia retornamos al tema que nos ocupa: Sea la piedra, el bronce o la madera, la primera distinción evidente es la dureza del material contra la blandura del trapo.
         Cuando se toca un material escultórico, y la escultura está hecha para tocarse, por mucho que los celadores de museos y exposiciones se echen las manos a la cabeza, y a veces al cuerpo de quien osa tener este acercamiento  al objeto artístico y lo inviten al salir del local con mejores o peores modales, lo que se siente es la frialdad de lo inerte, mientras que la ropa es cálida, es una referencia al abrigo con que nos cubrimos.


         La escultura acostumbra a ser monocroma, y toda la potencia tiene que centrarse en la propia forma que adopte, mientras que el trapo lleva el color puesto en sí mismo, y permite con su combinación realzar las cualidades expresivas del pelele.
         Una de las posibilidades comunicativas de la escultura está en el contraste entre el vacío y el lleno, que permite que el aire circule a través de las formas produciendo filtraciones espaciales que acarician las figuras. No busquemos esta característica en el muñeco de trapo, su tendencia a la convexidad es manifiesta y el relleno ahogara cualquier posibilidad de que intente empoderase lo cóncavo.

         En lo referente al destino, en un mundo perecedero todo es deleznable, los bellos mármoles que ornaron lujosos jardines son en muchos casos montones de piedras arrinconadas en el sótano de un museo, las esculturas de bronce son transformadas en cañones, si el guión de la Historia lo requiere,  y los peleles arden en las hogueras de la noche de San Juan anunciando un renacer de la vida en cada nuevo solsticio veraniego.

         Con una mirada distinta se ve cualquier cosa de una forma diferente. La belleza es un concepto relativo, habrá tantas diferentes estéticas según lo que se desee apreciar en lo observado. Al grajo nunca le parecieron feos los hijos de los cuervos, y trapos se pueden encontrar en abundancia en los contenedores de basura, entre otros muchos posibles tesoros.


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