Sirva como
preámbulo esta adaptación de la desafortunada frase del crítico de arte que dio
origen a la bandera del fauvismo de Matisse y sus compinches, y con ella al
bautismo de la primera de las llamadas vanguardias en las Artes Plásticas, para
hacer una reflexión sobre las diferentes formas de dirigir la mirada hacia la
escultura clásica y hacia el “pelele”, es decir, hacia el muñeco de trapo.
Aclaremos antes quien fue Katharina
Detzel y cuál fue su aportación, sin ninguna intención por su parte, a la
modernidad artística. Estaba esta señora internada en un sanatorio siquiátrico
a comienzos del siglo XX, para hacernos una idea de cómo eran esto sórdidos
lugares en la época victoriana podemos, por ejemplo, recordar los impactantes
fotogramas en blanco y negro de “El Hombre Elefante”, el conocido filme de
David Lynch, y comprobarán más adelante que la referencia no ha venido en vano.
Y para entretener su ocio, entre duchas frías y medicaciones insensatas, (el
mismo Sigmund Freud recomendó durante mucho tiempo el uso de la cocaína a sus
pacientes como remedio terapéutico), tuvo la ocurrencia de hacer un muñeco de
trapo, debía de ser modista y añoraba la aguja y el dedal, a tamaño natural del
siquiatra que la trataba. Fotografiada con su “monstruo” la imagen pintoresca
pasó de las revistas especializadas a los panfletos de los surrealistas.
Tras la obligaba referencia retornamos
al tema que nos ocupa: Sea la piedra, el bronce o la madera, la primera
distinción evidente es la dureza del material contra la blandura del trapo.
Cuando se toca un material escultórico,
y la escultura está hecha para tocarse, por mucho que los celadores de museos y
exposiciones se echen las manos a la cabeza, y a veces al cuerpo de quien osa
tener este acercamiento al objeto
artístico y lo inviten al salir del local con mejores o peores modales, lo que
se siente es la frialdad de lo inerte, mientras que la ropa es cálida, es una
referencia al abrigo con que nos cubrimos.
La escultura acostumbra a ser
monocroma, y toda la potencia tiene que centrarse en la propia forma que
adopte, mientras que el trapo lleva el color puesto en sí mismo, y permite con
su combinación realzar las cualidades expresivas del pelele.
Una de las posibilidades comunicativas
de la escultura está en el contraste entre el vacío y el lleno, que permite que
el aire circule a través de las formas produciendo filtraciones espaciales que
acarician las figuras. No busquemos esta característica en el muñeco de trapo,
su tendencia a la convexidad es manifiesta y el relleno ahogara cualquier
posibilidad de que intente empoderase lo cóncavo.
En lo referente al destino, en un mundo
perecedero todo es deleznable, los bellos mármoles que ornaron lujosos jardines
son en muchos casos montones de piedras arrinconadas en el sótano de un museo,
las esculturas de bronce son transformadas en cañones, si el guión de la
Historia lo requiere, y los peleles
arden en las hogueras de la noche de San Juan anunciando un renacer de la vida en
cada nuevo solsticio veraniego.
Con una mirada distinta se ve cualquier
cosa de una forma diferente. La belleza es un concepto relativo, habrá tantas
diferentes estéticas según lo que se desee apreciar en lo observado. Al grajo
nunca le parecieron feos los hijos de los cuervos, y trapos se pueden encontrar
en abundancia en los contenedores de basura, entre otros muchos posibles
tesoros.

No hay comentarios:
Publicar un comentario