El ser humano, como animal social que es, tiende a reunirse en grupos de mayor o menor tamaño. Estos grupos se establecen en relación a una afinidad que puede ser de muy diverso tipo: clase, ocupación, entretenimiento, deporte, cultura... En el plano de la política la relación de afinidad es la ideología y el clan se denomina partido político, en el plano de la creencia es la religión y el clan se establece alrededor de una iglesia.
Toda ideología tiene un sentido utópico, según el cual, siguiendo la receta que propone, se llega a conseguir una sociedad en la que sus ciudadanos son más ufanos y dichosos. Partiendo de una utopía, no es de extrañar que una vez llevada a la práctica resulte un fiasco o, cuando menos, una degeneración del sentido primitivo que tenía. Según el pensamiento academicista clásico unas ideologías se consideran de derechas y otras de izquierdas, lo cual, a estas alturas del partido, cuando la realidad se empeña en confirmar que una dictadura es tan dictadura, y tan negadora de las libertades individuales, lo sea establecida por un Autócrata o por un Partido, y que la corrupción se puede disparar, a cotas insospechadas, lo mismo cuando gobiernan los neoliberales que cuando lo hacen los socialdemócratas, si la sociedad no pone mecanismos que lo puedan impedir, lo que es bastante complicado, por no decir imposible, de conseguir cuando se practica una alternancia de gobierno entre los unos y los otros, lo que se denomina "el reparto del pastel" a tiempo intermitente, primero unos y luego los otros.
La transversalidad propone, como teoría, que un partido político puede carecer de ideología propia, y que la unión entre los integrantes del clan no venga dada por su afinidad ideológica, sino por la finalidad que persigue, y surge históricamente, por aquí, cuando algunas organizaciones ecologistas deciden transformarse en partidos "verdes", aunque por otras latitudes, como Uruguay, ya existieran desde largo partidos transversales, véase como tales el "blanco" y el "colorao".
En el campo de las religiones, todas tienen el prurito de considerarse a sí mismas como únicas y verdaderas, dejando, por tanto, a todas las demás como falsas. Como paradigma de transversalidad en materia religiosa tenemos el agnosticismo, que respeta por igual a todas pero no siente una especial simpatía por ninguna.
Un amigo, en plena resaca pos-electoral, me comenta la transformación prodigiosa, que hemos podido presenciar estos días atrás, de muchos jóvenes NiNi (que ni estudian ni trabajan), en jóvenes NiNiNi (que ni estudian, ni trabajan, ni votan por un partido que les promete un sueldo gratuito de por vida por no hacer nada)... Es que hay promesas electorales que resultan bien difíciles de creer que se puedan cumplir, y que te animen a la praxis...
Fuera de las categorías anteriores quedan los anarquistas y ateos, que con Bakunin están porque no haya "Ni Dios ni amo", y los que, como Jorge L. Borges se autodefinen como "anarquista-conservador".
Toda ideología tiene un sentido utópico, según el cual, siguiendo la receta que propone, se llega a conseguir una sociedad en la que sus ciudadanos son más ufanos y dichosos. Partiendo de una utopía, no es de extrañar que una vez llevada a la práctica resulte un fiasco o, cuando menos, una degeneración del sentido primitivo que tenía. Según el pensamiento academicista clásico unas ideologías se consideran de derechas y otras de izquierdas, lo cual, a estas alturas del partido, cuando la realidad se empeña en confirmar que una dictadura es tan dictadura, y tan negadora de las libertades individuales, lo sea establecida por un Autócrata o por un Partido, y que la corrupción se puede disparar, a cotas insospechadas, lo mismo cuando gobiernan los neoliberales que cuando lo hacen los socialdemócratas, si la sociedad no pone mecanismos que lo puedan impedir, lo que es bastante complicado, por no decir imposible, de conseguir cuando se practica una alternancia de gobierno entre los unos y los otros, lo que se denomina "el reparto del pastel" a tiempo intermitente, primero unos y luego los otros.
La transversalidad propone, como teoría, que un partido político puede carecer de ideología propia, y que la unión entre los integrantes del clan no venga dada por su afinidad ideológica, sino por la finalidad que persigue, y surge históricamente, por aquí, cuando algunas organizaciones ecologistas deciden transformarse en partidos "verdes", aunque por otras latitudes, como Uruguay, ya existieran desde largo partidos transversales, véase como tales el "blanco" y el "colorao".
En el campo de las religiones, todas tienen el prurito de considerarse a sí mismas como únicas y verdaderas, dejando, por tanto, a todas las demás como falsas. Como paradigma de transversalidad en materia religiosa tenemos el agnosticismo, que respeta por igual a todas pero no siente una especial simpatía por ninguna.
Un amigo, en plena resaca pos-electoral, me comenta la transformación prodigiosa, que hemos podido presenciar estos días atrás, de muchos jóvenes NiNi (que ni estudian ni trabajan), en jóvenes NiNiNi (que ni estudian, ni trabajan, ni votan por un partido que les promete un sueldo gratuito de por vida por no hacer nada)... Es que hay promesas electorales que resultan bien difíciles de creer que se puedan cumplir, y que te animen a la praxis...
Fuera de las categorías anteriores quedan los anarquistas y ateos, que con Bakunin están porque no haya "Ni Dios ni amo", y los que, como Jorge L. Borges se autodefinen como "anarquista-conservador".


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